Para ello comenzarás con el análisis de un texto a partir de las siguientes preguntas:
1) ¿ Qué es la ciudadanía como actividad y como condición?
2) ¿Cuáles son las dos caras de la moneda que según Cortina
componen el concepto de ciudadanía?
3) Realizar un resumen sobre la evolución del concepto de
Ciudadanía: para Aristóteles, para los romanos, en el siglo XVIII (con la
Independencia de EEUU y Revolución Francesa), principios del XX, mediados del
siglo XX (Marshall)
4) ¿Cuáles son las dimensiones de ciudadanía según Quesada?
Introducción
La ciudadanía es
un tema de alto interés para las reflexiones contemporáneas de las ciencias
sociales y humanas. Su renovada importancia se debe, entre otras cosas, a una
pluralidad de hechos políticos y cambios sociales: la crisis de los Estados
modernos, la violencia social, la emergencia de la migración indiscriminada, el
multiculturalismo, la incidencia de la economía de mercado, el neoliberalismo,
y muchas más.
A pesar de que es
un concepto que se ha construido por medio de un proceso histórico-social, y
que se configura y construye en función de intereses políticos, económicos,
sociales y culturales determinados, su actualidad y vigencia han sido y son
fuente de enormes controversias.
Hoy nos
preguntamos, desde diversas disciplinas, si el concepto actual de ciudadanía
responde a las exigencias políticas de un mundo fragmentado y globalizado y,
mucho más importante que eso, si su desarrollo y promoción pueden ser el camino
para el fortalecimiento de nuestra propia democracia.
Definiciones de
ciudadanía
Joaquín Arango
invita a reconocer el carácter polisémico, cuando no ambiguo, del concepto
ciudadanía. En efecto, este teórico advierte que "su significado no
siempre resulta inequívoco, ni está exento de una cierta bruma conceptual"
(2006, p. 1). Otros autores alegan que el concepto de ciudadanía "remite a
diversas tradiciones y realidades que no resulta fácil integrar"
(Etxeberria, 2009).
Admitido esto,
debemos recordar que la idea de ciudadanía ha evolucionado a lo largo de la
historia, reflejando la cambiante relación entre los individuos y el poder,
ampliándose e incorporando nuevos contornos y matices.
En la historia de
Occidente se han construido, especialmente, dos concepciones de ciudadanía: la
ciudadanía como "actividad" y la ciudadanía como "condición".
La primera, que hemos conocido a través de la historia de la filosofía y del
pensamiento político, define y concibe la ciudadanía como una "forma de
vida". Los hombres y los pueblos solo son importantes cuando son
ciudadanos y se ejercitan y participan de la vida política de sus países. La
segunda concepción (la condición ciudadana) nace y se desarrolla con el
pensamiento liberal, en los tiempos de las revoluciones (siglo XVII) y el
nacimiento de las repúblicas (siglo XVIII).
El Diccionario de
la Lengua Española, por una razón similar, define la ciudadanía como
"Cualidad y derecho de ciudadano". Enseguida hace esta aclaración:
"Conjunto de los ciudadanos de un pueblo o nación" (DRAE, 2003).
Hay otra acepción
del término, más moderna, pues incluye a la "sociedad" de la que el
Estado es expresión política. En esta acepción, la ciudadanía "supone y
representa ante todo la plena dotación de derechos que caracteriza al ciudadano
en las sociedades democráticas contemporáneas" (Arango, 2006, p. 1). Es decir,
la ciudadanía contemporánea exige la realización efectiva de los derechos y no
solo su promulgación legal.
Por eso, desde las
nuevas concepciones filosóficas y políticas de la modernidad, se insiste tanto
en el "reconocimiento" de la ciudadanía como en la
"adhesión" a ella (Cortina 1998, p.25). En este orden de ideas,
Cortina advierte que "son las dos caras de una misma moneda que, al menos
como pretensión, componen ese concepto de ciudadanía que constituye la razón de
ser de la civilidad".
La ciudadanía,
entonces, se concibe —en nuestros tiempos— principalmente como un estatus
(posición o condición) en el que se solicita, define y posibilita el acceso a
los recursos básicos para el ejercicio de derechos y deberes. Si se accede a
esos recursos la ciudadanía se materializa. En el caso contrario, se produce lo
que algunos teóricos han llamado el "déficit de ciudadanía" (Moreno,
2003), una situación en la que se tiene el derecho pero no se alcanzan sus
beneficios.
Autores como Jelin
(1997) van más lejos y hablan de la ciudadanía como "práctica conflictiva
vinculada al poder, que refleja las luchas acerca de quiénes podrían decidir
cuáles y cómo serán los problemas sociales comunes".
Evolución del
concepto de ciudadanía
Aristóteles fue
quien primero formuló una tesis completa sobre la idea de ciudadanía. En la
Política, una de sus obras primordiales, señaló que ciudadano es aquel que
gobierna y a la vez es gobernado (Aristóteles, 2000). Para llegar a esta
definición, este pensador se refiere al ser humano como un zoon politikon, es
decir, un animal "cívico o político"; eso quiere decir, para nuestros
tiempos, que tiene la capacidad de socializar y relacionarse en sociedad
(Guevara, 1998).
De acuerdo con
Aristóteles, el hombre es un ser que vive en la ciudad, la cual estaba
conformada por una unidad política (Estado) y un conjunto de personas que en
ella vivían, a quienes se les denominaba polites (un concepto similar al de
ciudadanos) (López, 2013). El fundamento de la ciudadanía era restringido y
estaba sustentado en los lazos consanguíneos.
Para los romanos,
la primacía de la noción de "ciudad" (de la civitas) fue notablemente
superior a la de Grecia. Histórica y etimológicamente, desde entonces, la
expresión ciudadanía se vinculó a la relación de un individuo con su ciudad. El
término ciudadanía procede del vocablo latino cives (ciudadano), que designa la
posición del individuo en la ci-vitas (ciudad) (Pérez Luño, 1989). La
ciudadanía,claro, fue un privilegio que solamente estaba permitido a los hombres
libres; entendiendo por libres a aquellos que podían y debían contribuir
económica o militarmente al sostenimiento de la ciudad (Arango, 2006). La
ciudadanía, por supuesto, no se extendía a los extranjeros o
"metecos", ni a las mujeres, ni a los sirvientes, seres considerados
como los esclavos; estos últimos ni siquiera alcanzaban la categoría de
personas, sino que eran asimilados como cosas (Parada, 2009).
La caída del
Imperio romano acabó en la práctica con la ciudadanía, pues la autocracia
bizantina, las guerras territoriales y el creciente poder de la Iglesia
católica diluyeron toda presencia y consideración de ideas ciudadanas (Horrach,
2009).
El concepto de
ciudadanía, entonces, se diluye durante la Edad Media y reaparece en el
Renacimiento, en las ciudades-repúblicas italianas. Estas fueron ciudades
independientes, desvinculadas de los Estados pontificios y de los modelos
feudales reinantes, y muchas de ellas llegaron a adoptar regímenes republicanos
(Horrach, 2009).
Como lo expresa
acertadamente Giner: "El pensamiento republicano renacentista, sentó las
bases para una consideración plenamente laica y secular de la política y los
derechos de las personas como ciudadanos" (2008, p. 2).
En el siglo XVIII,
debido en buena medida a las ideas de la Ilustración, se produce un
renacimiento de la democracia y de las luchas sociales. Surge entonces un nuevo
lenguaje político, con énfasis en los derechos humanos, que se acabaría
plasmando, históricamente, en dos revoluciones decisivas: la americana y la francesa,
proclamadas como Declaración de Independencia de los Estados Unidos (1776) y
como Declaración Francesa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789). De
estos fenómenos sociales y políticos se desprendieron, por cierto, dos
perspectivas de pensamiento que se convirtieron en las dos principales
tradiciones políticas del hemisferio occidental: el republicanismo y el
liberalismo, dos modos casi opuestos de pensar la sociedad y el poder, y que se
han mantenido en pugna desde entonces.
En el siglo XX, la
elevación general de los niveles de vida y la extensión de los derechos
socioeconómicos —incluidos los sindicales—, no solo confiere un nuevo sentido a
la idea de ciudadanía, sino que la extiende a la gran mayoría de la población.
Es lo que se denominó el desarrollo de los Estados de bienestar, a través de
los cuales se hizo posible la universalización de los derechos socioeconómicos
y la incorporación de estos al concepto de ciudadanía.
A mediados del
siglo XX, se produce una conceptualización diferente de la noción de
ciudadanía, y se empieza a estudiar y a definir la llamada "ciudadanía
social". El responsable, hacia el año 1950, fue el sociólogo británico T.
H. Marshall, quien realizó una crítica sistemática a la teoría y a la práctica
liberal-individualista de la ciudadanía tradicional. Para Marshall (1998), la
ciudadanía de mediados del siglo XX era una institución de dos caras en la que
convivían dos situaciones diversas: por un lado, la igualdad legal y política,
y, por el otro, una desigualdad material injustificada. Marshall sugirió,
entonces, la ampliación del concepto de ciudadanía, planteando que esta no
debía quedar limitada a la titularidad de los derechos políticos, sino que
debía comprender una dimensión social que permitiera el disfrute efectivo de
los derechos y las garantías sociales, económicas y culturales (Pérez Luño,
1989).
Marshall (1998)
fue precisamente quien definió la ciudadanía como un estatus (estado, posición,
condición) que se concede a los miembros de pleno derecho de una comunidad.
Pero para que fuera real, plena, debía integrar tres tipos de ciudadanía: una
ciudadanía civil (que comprende los derechos y las libertades individuales),
una ciudadanía política (que contiene los derechos políticos) y una ciudadanía
social (que abarca todos los derechos económicos, sociales y culturales)
(OEA-PNUD, 2009).
A partir de esta
definición, y de sus consecuentes reflexiones, se abrió camino la noción de que
para poder ejercer plenamente los derechos sociales y políticos era y es necesario
poseer unas condiciones materiales que los hagan posibles.
Unos años después,
ante la incapacidad de mantener o generar un modelo de desarrollo con énfasis
en lo social, los Estados desarrollados acordaron la decadencia y desaparición
progresiva del concepto de Estado de bienestar. Paralelamente a la reducción y
supresión de los derechos y servicios sociales, el concepto de ciudadanía entró
en crisis y comenzó a ser cuestionado. A esto se suma que, en los últimos años,
emergen e irrumpen formas nuevas y diversas de identidad y se producen
estructuras y situaciones complejas de convivencia que no solo trascienden los
antiguos marcos nacionales y políticos, sino que ponen en duda la posibilidad
de una ciudadanía como la conocimos y vivimos en el pasado.
Quesada (2008),
plantea que la ciudadanía actual comprende e incluye tres dimensiones:
Titularidad: la
ciudadanía implica ser titular de derechos y deberes.
Condición
política: lo que define al ciudadano es su capacidad de participar e intervenir
en los procesos políticos y formar parte de las instituciones públicas de
gobierno de la sociedad.
Identidad o
pertenencia. la ciudadanía se entiende como pertenencia a una comunidad
determinada, con una historia y unos rasgos étnicos o culturales propios.
Fragmento de texto de " Ciudadanía: aprendizaje de una forma de vida. Educ. Educ. Vol. 18, No. 1, 76-92. DOI: 10.5294/edu.2015.18.5.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario